24 jul. 2011

El Maratón de la Esperanza

Detrás de todo maratón hay siempre un motivo. Yo hoy tenía un motivo.

pic (4)dEn Septiembre del 2009 mi vida parecía estar en perfecto orden y armonía, pero las cosas pueden cambiar por completo en un instante. Mi esposo había salido, como de costumbre, a trotar y yo me quedé en casa: estaba empezando mi quinto mes de embarazo, pero una llamada marcó el inicio de un via crucis.

Contesté mi celular y era mi esposo, balbuceando; como no entendí ni una palabra, colgué y caí de rodillas, temiendo lo peor. Marqué su teléfono, esperando alguna respuesta, y contestó un paramédico del 911 de San Pedro: mi esposo iba a ser trasladado a un hospital porque algo grave parecía estarle ocurriendo, no tenían idea de qué sería, probablemente un problema neural: estaba desorientado y no podía articular palabras ni mantenerse en pie. Éste fue el inicio de una pesadilla.

Fuimos a la clínica más cercana, donde no pudieron hacer nada por él, no tenían idea de qué podía sucederle y de ahí tuvimos que irnos a otro hospital, y luego a otro… fueron 15 días de hospitalización, de exigir respuestas, de rogar y gritar a los médicos un diagnóstico, pero lo dieron de alta sin haber hallado nada: aparentemente, todo había vuelto a la normalidad y no había riesgos, supuestamente se trató de un suceso aislado, del cual no supieron decirnos nada.

Pero 3 meses después, entrando en el octavo mes de embarazo, un tío que es neurocirujano quiso hacerle unos estudios para estar más tranquilos, por lo que él viajó a México para hacerse unas pruebas de rutina. Para hacerse éstos estudios, era necesario antes hacer un chequeo del sistema cardiovascular, y fue entonces que apareció lo que meses antes no nos habían dicho: mi esposo había sufrido para éste momento, 2 infartos al miocardio y una cirujía de by-pass era no solo necesaria, sino urgente, pues el riesgo de no sobrevivir a un tercer infarto, que podía ocurrir pronto, era alto. Pero estando tan cerca del nacimiento de nuestro segundo hijo, nos arriesgamos a esperar un mes más, porque el riesgo era alto y deseábamos que él estuviera presente en ése día tan importante.

De aquí y hasta el nacimiento del bebé, había muchos sentimientos envueltos: anhelábamos verlo, tenerlo para darnos ánimo, su nacimiento representaba una luz en nuestra oscuridad, pero a la vez, su nacimiento nos acercaba a una cirugía que nos aterraba.

Al fin, el 1 de febrero del 2010 llegó el momento: el dolor de las contracciones pasó a segundo plano por completo, porque cada vez que una contracción venía a mi cuerpo, mi mente sabía que estaba más cerca el momento de tener en brazos a mi bebé, pero también la posibilidad de perder a mi esposo. Todo fue muy rápido, y en un par de horas de trabajar en un parto en agua, sin ninguna especie de medicación, nació mi hijo, y yo tenía temor, porque desde mi quinto mes no había podido dedicar mi cuerpo y mente a su cuidado: corriendo de clínica a clínica, mal comiendo, mal durmiendo y estresada, y temía por su estado de salud, pero gracias a Dios, todo parecía estar en perfecto orden, y nos dieron luz verde para viajar, pues sería en el DF que se realizaría la intervención.

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Una semana después viajamos los 4 a la Cd. de México para que intervinieran a mi esposo. Y allí continuó la pesadilla.

No quiero abundar en los detalles, pero pasé momentos de mucha soledad, tristeza, miedo y desesperación, lejos de mis familiares, con mi esposo y mejor amigo internado debatiéndose entre la vida y la muerte, y yo sin poder acercarme a él, sin haberme podido despedir de él antes de que entrara a quirófano, sin nadie que me atendiera durante mi cuarentena y como cosa hecha a drede, cuando una persona está tirada y necesita apoyo, no se de dónde aparecen personas a señalarte con el dedo y aunque yo no quería que sintieran lástima por nosotros, definitivamente algunas personas pueden ser tan crueles, que te sorprenden, pero así suele suceder, los enemigos vienen en representación de una fuerza más oscura, pero la Fuerza detrás de nosotros siempre fue más grande.

Para acabarla, mi hijo recién nacido lloraba cada vez que me le acercaba, y me rechazaba, y no lo pude amamantar más, así que él no recibió suficiente leche materna, y yo me sentía muy alejada de él.

En ése tiempo sentí impotencia, porque tal parecía que había fracasado como mujer y como madre, pero hubo algunos ángeles cerca de mí que me ayudaron a sobrellevar la situación, aunque no convivimos mucho, su presencia me ayudó a mantenerme en pie y a tomar fuerza de la debilidad. No tengo como pagar a Adalberto, al Banano y a Gloria y Scott su apoyo en uno de los momentos más difíciles de mi vida, hasta hoy.

DSCI0121bLuego de la cirugía, los doctores (a los que por cierto, jamás conocí) dijeron que había quedado como nuevo, pero su falta de ética por no aceptar nunca hablar conmigo, LA ESPOSA DEL PACIENTE, me inquietó. Aún así, volvimos a casa y tratamos de acoplarnos ante las nuevas circunstancias.

Pasaron apenas un par de meses, cuando de nuevo el teléfono traía malas noticias: mi esposo parecía estar sufriendo un nuevo infarto, y al parecer, todo lo vivido y gastado hasta ése momento, podía haber sido un esfuerzo en vano.

Algunos que querían ayudar ya se estaban cansando, otros se alejaron, los que se supone son más cercanos nos dieron la espalda por completo, pero afortunadamente, algunos que parecían ser unos simples conocidos terminaron por convertirse en nuestros mejores amigos, nuestros hermanos.

Estando en terapia intensiva el estrés era fuerte y constante, pero cuando uno de los médicos me dijo: “Señora, prepárese para lo peor, porque es posible que no pase la noche”, fue entonces cuando sentí que ya podía estar tranquila, porque en ése momento dejé de ver a mi alrededor, dejé de esperar ayuda de los médicos, de los familiares, de los amigos, y supe que había estado fallando en algo, y desde ése instante, entregué todas mis cargas, mi pesar, mi estrés, mis miedos, mi rencor y mi fe en Dios: ya se habían equivocado al decirme que todo estaría bien, y esperaba que también se equivocaran ahora al decirme que todo estaba por acabar.

La noche pasó y mi esposo se estabilizaba milagrosamente. Unas semanas más transcurrieron en el hospital, y mientras los doctores decidían el tratamiento a seguir, yo salía por las mañanas a trotar, y durante ése momento podía platicar con Dios y dejarle a él, CADA DÍA, el destino de nuestras vidas. Las horas volaban cuando entrenaba, porque mi cuerpo sacaba ése exceso de estrés y me llenaba de energía para lo que el día trajera, bueno o malo, y mientras tanto podía orar y agradecer a Dios la oportunidad de un nuevo día, quizá sin salud, y ya sin dinero, pero cada amanecer era un día más que Dios nos permitía vivir y amarnos, y eso era lo que me daba fuerza para continuar: el dar a cada día su propio afán.

Le volvieron a intervenir, y luego de un mes de hospitalización le dieron de alta. Hace un año.

Luego de tantas horas en la pista de correr, decidí que correría el maratón de Monterrey en diciembre (2010), para marcar el fin de tan horrible pesadilla para ambos, y comencé el entrenamiento en agosto, mientras él se recuperaba en casa, pero unas semanas antes del evento, una lesión me impidió continuar, y me sentí agobiada, frustrada y derrotada: yo deseaba con todo mi corazón ofrecer mi esfuerzo y medalla a mi esposo, luego que Dios le permitió sobrevivir a tantas crisis en tan poco tiempo, y en una edad en la que un infarto suele ser fatal, pero no sería posible.

Pero hoy, aunque 7 meses más tarde, pude correr la distancia del maratón, de mi propio maratón, al que he llamado el Maratón de la Esperanza, para cumplir la promesa que había hecho cuando estábamos en el hospital. La pista y los entrenos han sido una gran ayuda para mi, porque cada minuto y cada hora, mientras corro por la calle, tengo la oportunidad de despejar mi mente, de desahogar mi corazón, de fortalecerme física, mental y espiritualmente, y de orar a Dios, y agradecerle la bendición tan grande de haberme dado una familia a la cual entregarme, y poder disfrutarlos un día más.

Te dedico éste esfuerzo con la esperanza de que vendrán tiempos mejores y que quizá un día, podamos hacerlo juntos. Te amo.

Llegando a la Meta

1 comentario:

  1. Saludos!!!
    Te felicito por tu maraton, te felicito por tu familia y por ser la mujer que eres, siguele echando ganas y ten fe de que Dios esta con ustedes y el no los dejara.
    Recibe un abrazo!!!

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